Le dijeron que su hijo nunca podría caminar, pero ella no se rindió. 3 años después sucede el milagro


Si hay algo que no conoce leyes, miedos o imposibles, sin duda es el amor de una madre, son capaces de hacer lo que sea por ver sonreír a sus pequeños, para ellas no hay edades, así pasen los años, los seguirán viendo como aquel cuerpecito que fue creciendo en su vientre, como esos bebés que apenas y abrían los ojos, a los que le tenían que poner guantes, para que no se arañaran la cara por las noches, cuando Amy McNamara supo que estaba embarazada, sintió la alegría de su vida, pero jamás imaginó que se convertiría en la prueba más grande…



Aquel 2 de enero, Amy comenzó a sentir fuertes dolores en la parte baja del vientre, acompañados de piquetes que subían y bajaban por su espalda hasta llegar a la cadera, pensó que se trataba de algo del momento, simples molestias del embarazo, pero el dolor se ponía cada vez más intenso, estaba asustada, pues aún le faltaba una semana para cumplir los 8 meses, llamó a su esposo y se recostó en el sofá, pero esos 10 minutos se convirtieron en un infierno, la presión en el pecho no la dejaba respirar y el bebé comenzó a moverse muy rápido, dando una patada tras otra, sintió unas ganas horribles de orinar y de repente un chorro de agua cayó entre sus piernas, ¡El proceso de parto había iniciado! 




Su esposo la llevó al hospital, por más que intentaron alargar la llegada, fue imposible, era momento de sacarlo o las consecuencias podrían ser fatales, pero el peligro apenas comenzaba, Amy perdió una cantidad exagerada de sangre durante el parto, ya no podía más, así que a la mitad, tuvieron que hacerle una cesárea. Los médicos estabilizaron a la madre, pero siguieron con el bebé en el quirófano, la situación era muy grave, tenía dos agujeros en el corazón y su columna no estaba desarrollada, en las pantorrillas no tenía músculos y tenía chuecos los pies. 


Después de la anestesia, Amy, se encontraba ansiosa por conocer al pequeño, le dijeron que era imposible llevarlo a sus brazos, era necesario dejarlo en la incubadora, su marido la llevó con ayuda de la silla de ruedas, cuando lo vio, no le importó ninguna de sus deformidades, no pudo evitar soltar el llanto, su pequeño angelito estaba lleno de sondas por todas partes, quería hacer todo por ser ella, a la que le pusieran todos esos aparatos. 


El diagnóstico fue claro ¨Jett no podría caminar nunca¨, la silla de ruedas se convertiría en su mejor compañera, pero su madre muy segura respondió: ¨Dígame loca doctor, pero mi hijo algún día va caminar¨,  dos semanas después de la operación en el corazón, lo llevaron a casa. Siendo el bebé de 4 hermanos, a Jett le sobraban manos que lo ayudaran. 

Sin embargo, su madre nunca le dio las cosas en la mano, ella no iba permitir que su hijo fuera un mueble más, dando órdenes, así que lo impulsaba, cuando Jett quería algo, ella lo tomaba de la mano y hacía que se parara, al principio apenas y podía sostenerse, pero poco a poco, sus piernas eran más fuertes. Todos los días Amy le daba masajes y lo tomaba de la cintura para ayudarle a caminar, el ¨No puedo¨ no estaba permitido, lo trataban como a cualquier otro niño, iban al parque y cuando sus hermanos jugaban en el patio, mamá lo sacaba, si le daban ganas de participar, dos de sus hermanos se ponían a los lados para apoyarlo.


Cuando sus padres vieron el avance, empezaron a buscar centros de rehabilitación, los cuales eran bastante costosos, pero no veían resultados, así que decidieron agotar todas las opciones, se enteraron que en Alemania, en el hospital Helios Endo-Klinik Hamburg, eran especialistas en cirugía ortopédica y columna vertebral, así que sin pensarlo vendió su casa, con el fin de ver al pequeño Jett caminar. 

Esfuerzo que valió la pena, pues después de unos meses el niño a sus casi 3 años, había dado sus primeros pasos sin ayuda, primero empezó con distancias pequeñas y ahora con ayuda de la andadera anda por toda la casa. Los médicos aseguraron que en un tiempo podrá caminar con sólo un bastón. Sin duda, un caso más de que la fe y el amor de la familia pueden más que un simple diagnóstico. 



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