Deja ir lo que te lastima pero conserva lo que te enseñó. Aprende a cerrar círculos en tu vida


Creo firmemente que todo pasa, tanto lo bueno como lo malo, y que justo en el momento donde estamos viviendo cada situación es cuando debemos darle nuestro tiempo y atención, al cerrar los círculos hacemos las pases con el tiempo y nos permitimos vivir nuevas experiencias. ¿Has hecho las paces con tu pasado? Hoy quiero hablarte de la importancia de cerrar esos ciclos personales. 

A lo largo de nuestra vida pasan personas, sucesos, vivencias, etapas y acontecimientos que le dan sustancia, interés, colorido y sabor a nuestra existencia. Habrá personas que fueron y serán importantes para nosotros, pero que ya no están. Cumplieron un importante ciclo, porque llegaron y tomaron parte en el reparto y la trama de nuestra película personal. 


Esas personas llegaron, estuvieron y se fueron. Cumplieron una importante e irrepetible etapa a nuestro lado.  Pero, ¿cuántos de nosotros no cerramos ciclos y seguimos viviendo en un pasado? ¿Por qué insistir en recordar lo bien que estábamos antes y lo mal que estamos ahora? Una amiga me decía: – Yo quisiera regresar el tiempo, vivir nuevamente esa etapa de noviazgo

con mi marido. ¡Ha cambiado tanto...!

La gente cambia y no queremos aceptarlo. La etapa escolar fue y seguirá siendo inolvidable; pero, a veces perdura tanto en la mente esa vivencia, que se traduce en inmadurez y en falta de responsabilidad para entender que es un ciclo terminado, porque los recuerdos perdurarán por siempre, pero serán sólo eso: recuerdos.

No vivir esa etapa intensamente y no aceptar que es un ciclo con un inicio y un final –que en ocasiones dejamos trunco al entrar repentinamente en otro ciclo sin haber cerrado el primero–, ocasiona en muchos una frustración tal, que fomenta inestabilidad.  Por ejemplo, en los matrimonios. El hombre, por querer seguir siendo el joven sin límites e impulsivo que siempre fue, ocasiona que su mujer lo vea como inmaduro e irresponsable, encendiendo conflictos que difícilmente pueden ser sofocados.

Tener plena conciencia de que vivimos fases que tienen un principio y un final ayuda a entender muchas cosas: como que hubo etapas que tuvieron su importancia y que se presentan nuevas oportunidades, valiosas también.

El proceso de cambios implica, precisamente, estar conscientes de que no somos seres de actitudes permanentes. Sin embargo, nos resistimos a aceptar los cambios; por comodidad o por ignorancia, en ocasiones nos aferramos a seguir haciendo lo que siempre hemos hecho.

He escuchado a alguien decir:

–¡Siempre he sido así! ¡No quieras cambiarme!

Esa es una de las afirmaciones más cómodas y mediocres que he escuchado. Por naturaleza, todos podemos cambiar; todos necesitamos cambiar, porque, al no hacerlo, entramos en un ciclo sin final que, con el tiempo, nos ocasiona estrés, frustración y apatía profunda.

El trabajo dignifica, fortalece y nos da lo necesario para vivir. Trabajar en algo que no nos satisface es todo un reto. Mentiría si te dijera que el 100% de lo que hago me gusta y lo disfruto. En ese caso, la conciencia plena de una vida con ciclos entra en acción: ¿cómo puedo hacer que mi trabajo me guste más? ¿Qué cambios o acciones puedo realizar para sentir la satisfacción de disfrutar lo que hago? Cierra ciclos si es necesario; cambia de rutina; mueve el escritorio de lugar, porque tiene más de 10 años ahí; cambia tu forma de tratar a los demás; empieza a hacer cambios poco a poco, no tan significativos que representen un problema.

¡Tira la vaca al precipicio! Me gusta contar esta historia en aquellas conferencias en las que hablo de cambio o de cierre de ciclos. Lamentablemente, desconozco el autor, pero a ti que me estás leyendo también te la quiero compartir:

“Había un gran maestro que, en compañía de uno de sus discípulos, visitaba comunidades muy pobres y entregaba bolsas con alimento a quienes veía que más lo necesitaban.  Llegaron a una casa en la que la pobreza era notable. Se anunciaron en la puerta y se asomó una mujer con signos de desnutrición. El discípulo se consternó al ver la escena completa: una casa casi cayéndose, y sus habitantes en una pobreza impresionante.

–Señora –dijo el maestro–, le traemos este frijol y este arroz que de algo le han de servir.
–¡Gracias, señor! ¡Bendito sea Dios! – respondió la mujer–. No se imagina cuánto necesitábamos mi familia y yo esta ayuda.
–Señora –agregó el maestro–, ¿qué les ha pasado?
–Mi esposo se dedicaba al campo –contestó llorosa– y mis hijos le ayudaban; pero, no ha llovido desde hace tiempo. Ahora no tenemos ni para comer.
–Entonces, ¿de qué viven? –preguntó el maestro–.
–Gracias a Dios tenemos aquella vaca que está pastando en la colina. De la leche que nos da, nos tomamos un poco, y el resto la vendemos entre nuestros vecinos. ¡Bendito sea Dios que tenemos esa vaca! ¿Qué haríamos sin ella?
El maestro dirigió la vista hacia dónde estaba la vaca. Se quedó pensativo por un momento y se despidió de la mujer. Se alejó de la casa acompañado de su discípulo, y se dirigió a la colina donde se encontraba la vaca. De repente, le ordenó al discípulo:

–¡Arroje la vaca al acantilado! ¿Qué? –respondió espantado el muchacho–. Pero, ¿qué me está pidiendo, maestro? ¿Qué no se da cuenta que es lo único que tiene esa familia? ¡Jamás lo haría!
–¡Obediencia! –advirtió el maestro–. ¡Aviente usted esa vaca al voladero!
El maestro siguió su camino sin decir una palabra más. El discípulo, después de pensarlo y siguiendo su consigna de obediencia, y con gran esfuerzo, arrojó la vaca al voladero, después de lo cual, por supuesto, terminó muerta.
Pasaron algunos años y aquel discípulo no pudo olvidar tan desagradable misión. Un día, se presentó con el maestro y le confesó:
–Maestro, desde aquel día no tengo en paz mi conciencia. He decidido encaminarme a las montañas donde vivía la familia, para corregir mi error y el gran daño que les causé. No dejo de imaginar la terrible situación que estarán padeciendo.

–No recuerdo tal situación –le respondió el maestro–.
–¿Cómo, maestro? –replicó el discípulo–. ¡No puede ser que tan fácilmente haya olvidado una falla tan grave!
–Bueno –objetó calmadamente el maestro–, si eso te da paz, ve a buscarlos.

El joven se fue y, al llegar al lugar donde pensaba encontrar aquella choza en ruinas, descubrió una casa bonita, decorosa, limpia. El discípulo se consternó al presentir que, por su infortunio, la familia se había mudado de lugar. Tocó la puerta y le abrió una mujer de rostro amable y sonriente.

–Señora –explicó el joven–, estoy buscando a una familia que vivía aquí y a la que conocí hace algunos años.
–Pero, señor –respondió la mujer– tenemos más de treinta años viviendo aquí.
–No puede ser –insistió el muchacho–. Yo vine hace algunos años con mi maestro, a traer alimento a la familia que vivía aquí, aunque la casa parece no ser la misma.
–¡Ah! ¡Claro que los recuerdo! –aclaró la mujer–. ¡Pase! ¿Cómo olvidarlos, si ustedes nos ayudaron en tan terrible situación? ¡Fue exactamente el día que se nos desbarrancó la vaca! Señora –interrumpió el joven–, precisamente por eso vengo.
–¡No, señor! No se imagina cómo sufrimos mi familia y yo porque con la poca leche que nos daba, subsistíamos, y ya nos habíamos acostumbrado a vivir así. Pero, bendito Dios que se mató la vaca, porque desde ese día, mi esposo buscó qué hacer. Encontró un muy buen trabajo en el pueblo; mis hijos le ayudan y si usted viera ¡qué bien nos ha ido! ¡Bendito sea Dios que se mató la vaca!

Analiza esta historia y saca tus propias conclusiones.

¿Qué ciclos de tu vida necesitas cerrar? ¿Cuántas buenas oportunidades se te han escapado por no dejar atrás el pasado y vivir nuevos ciclos? Quizá sea difícil poner punto final a esa experiencia, pero a veces es necesario pasar por esa tempestad, como esta familia con su vaca muerta. Te lo dejo de tarea.
Recomendados
Recomendados